‘¡Viven!’, catástrofe y supervivencia de una historia real


Los supervivientes de ¡Viven! deberán tomar difíciles decisiones para mantenerse con vida.Hay algunos films que, sin llegar a ser perfectos, adquieren con los años una importancia que les convierte en clásicos. Sin duda una de esas películas es ¡Viven!, película que podría enmarcarse en dos subgéneros como son los de supervivencia y catástrofes, y que recrea el accidente de avión sufrido en los Andes por un equipo de rugby de Uruguay y las posteriores vicisitudes que sufrieron, entre ellas la de alimentarse de los cadáveres. Si bien la película es algo irregular en su ritmo y en su forma de exponer los hechos, acierta de pleno a la hora de decantarse por la acción como vehículo para exponer el drama de la situación que tienen que vivir los jóvenes deportistas. Realizada en 1993 por Frank Marshall, director que en esos años adquirió cierta relevancia gracias a títulos como Aracnofobia (1990) y Congo (1995), cuenta con la participación de jóvenes actores que luego se han labrado fama en el mundo del cine, como Ethan Hawke (Grandes esperanzas) o Josh Hamilton (J. Edgar), amén de la presencia como narrador de John Malkovich (Premonición).

Sin duda, la ventaja más importante del film es su dramática base histórica. De hecho, es su ventaja y su desventaja. El hecho de tomar como pilar una historia verídica aporta intensidad al conjunto, además de dotar de mucho más dramatismo a acontecimientos como el hecho de tener que comer carne de sus compañeros muertos, algo que podría considerarse ficticio en cualquiera otra historia. Pero al mismo tiempo, la base literaria que recoge las declaraciones de varios supervivientes ha llevado a criticar buena parte de las decisiones narrativas y artísticas, entre ellas la de utilizar actores de rasgos norteamericanos para emular a personajes sudamericanos, así como optar por algo de acción en lugar del drama y la tensión vivida en ese pedazo de avión que fue la casa para los 16 supervivientes durante 72 días.

Empero, la decisión del guionista, John Patrick Shanley (Joe contra el volcán), no podría haber sido más acertada. Una de las premisas fundamentales a la hora de contar cualquier historia es tener muy presente qué es lo que se quiere transmitir. En este caso parecía claro que el mensaje final era de esperanza, de “final feliz”. En este sentido, el film se nutre de recursos propios de las historias de supervivientes para alcanzarlo, evitando para ello meterse en situaciones excesivamente inquietantes o desagradables. Así, los conflictos por las decisiones a tomar, la necesidad de racionar o el propio clima sirven a los responsables del film para plasmar la crisis que viven estos jóvenes.

Puede que muchos espectadores al enfrentarse a ¡Viven! salgan decepcionados por la idea preconcebida de un film tenebroso y perturbador. Es cierto que la opción de Marshall no es en ningún caso la de provocar miedo, pero no por ello la historia es menos incómoda. En realidad, y si se analiza fríamente la trama, esta cuenta con diversos puntos de giro que aportan al conjunto una sensación cada vez mayor de desesperanza, como son la decisión de comer carne humana o la de iniciar un viaje por las montañas con la certeza de que pueden no volver jamás. Por no hablar de su aspecto catastrofista, que comentaremos a continuación.

Catástrofe religiosa

Y es que sí, la película protagonizada por Hawke es, ante todo, una historia de supervivencia en grupo. Sin embargo, no es menos relevante sus elementos de cine de catástrofes, lo que genera una combinación que, en cierto modo, es lo que la distingue de otros films. Más allá del accidente aéreo, narrado con bastante eficacia y unos medios relativamente buenos para la época, la película cuenta con momentos como el alud en plena noche que confirman la idea de que no es una mera película de supervivencia. Es verdad que la nieve en sí no es un enemigo tan visualmente poderoso como pueden ser el fuego, la electricidad o el agua, pero eso no impide que potencie el carácter agónico de la evolución dramática, que pone en situaciones cada vez más extremas a los protagonistas.

Unos protagonistas, por cierto, que tal vez sean lo más débil de todo el conjunto, no tanto por los actores como por la dualidad moral que deberían tener y no tienen. Todos ellos son, en mayor o menor medida, religiosos, católicos para ser más exactos. A lo largo de toda la historia la presencia religiosa se muestra de forma más o menos clara, pero en ningún caso lo suficientemente fuerte como para ser considerada un apoyo importante en la trama. Y es una lástima, pues eso provoca que, por ejemplo, la decisión de comer carne humana apenas encuentre una oposición real entre los supervivientes. Como suele ocurrir con este tipo de películas, la pregunta que se genera en el espectador es si uno llegaría a los extremos que llegan los protagonistas. Si las dudas morales existen incluso sin necesidad de ser religioso, la presencia de la fe no hace sino acrecentar dichas dudas, un elemento narrativo muy poderoso que, por desgracia, es desaprovechado de forma harto deliberada.

Del mismo modo, existe una falta de conflicto algo llamativa dentro del grupo. Dejando a un lado momentos críticos como la falta de comida o la decisión de atravesar los Andes en busca de ayuda, a lo largo de la trama apenas existen conflictos internos en un grupo de 16 personas que se ven hacinadas en parte del cuerpo de un avión. A pesar de ser un equipo deportivo, a pesar de tener que estar unidos ante las adversidades, el drama pierde algo de fuerza con la ausencia de enfrentamientos verbales e ideológicos entre unos personajes que, salvo los protagonistas, terminan por demasiado similares entre sí. La otra cara de esta moneda, con todo, es la de la verosimilitud. El rodaje contó con el asesoramiento de uno de los supervivientes, por lo que es de suponer que esa falta de conflicto fue una de las constantes en los más de dos meses que estuvieron aislados. Eso, o que lo que realmente pasó fue tan grave que es mejor no contarlo.

En cualquier caso, ¡Viven! se ha convertido con los años en un icono. Tal vez no por su desarrollo dramático o por sus espectaculares secuencias, como le ha ocurrido a otros títulos de características similares, sino por la crudeza de una veracidad contrastada. El hecho de que tuvieran que recurrir a los cadáveres para alimentarse o que algunos tomaran la desesperada decisión de atravesar escarpadas montañas para pedir ayuda ofrecen un paisaje humano incomparable. No es una película perfecta, ni mucho menos, pero tampoco lo necesita para situarse como uno de los más perturbadores de su especialidad. Y eso es debido, una vez más, a la eficacia de mostrar con poco una historia real que, en este caso, sí superó a la ficción.

Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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