3ª temporada de ‘The Walking Dead’, lucha de poder entre zombis


Los protagonistas de 'The Walking Dead' se refugian en una cárcel durante la tercera temporada.Cómo ha cambiado el cine. No solo en el aspecto visual, sino en la elaboración narrativa. Las tramas son mucho más elaboradas, los personajes hace mucho que abandonaron la sencillez de una definición plana, y los conflictos tratan por todos los medios de ofrecer una auténtica lucha interna a la par que externa. ¿Realmente ha cambiado tanto? Hace años, cuando me iniciaba en esto del cine, alguien con muchos más años de experiencia me aseguraba que “todas las historias están contadas. No vas a inventar nada nuevo”. Lo que queda, por tanto, es la forma de narrar. Todo esto viene a cuento porque la tercera temporada de The Walking Dead es un soberbio ejercicio narrativo que ha sido capaz de coger una trama relativamente conocida, sobre todo en el subgénero zombi, y convertirla en uno de los mejores shows televisivos de la temporada.

Con una duración mucho mayor que sus predecesoras (16 episodios), la serie creada por Frank Darabont (The Majestic) ha dado un paso de gigante en el contexto global de la trama y, sobre todo, respecto a su segunda temporada. A lo largo de los meses he podido acceder a comentarios acerca de la mediocridad de esa segunda temporada. Sin estar del todo de acuerdo, es justo reconocer que no tuvo, tal vez, la intensidad dramática que se espera de un survival como este, si bien es cierto que no siempre se puede mantener el listón alto, o al menos no tan alto como lo había dejado la primera temporada. Tal vez sea por eso que, mientras los 13 episodios de la segunda entrega exploraban más los dilemas morales e internos del grupo de supervivientes liderado por el personaje de Andrew Lincoln (Boston Kickout), esta nueva temporada ha vuelto a centrarse en los riesgos innatos de vivir entre muertos vivientes cuyo único propósito es comerse a los humanos. Bueno, esto no es del todo exacto.

Sí, la nueva temporada posee algunos de los momentos más asfixiantes de toda la temporada. Y desde luego, los fans de la sangre y las vísceras quedarán plenamente satisfechos. Pero nada de eso es lo más espectacular de una trama que enfrenta al grupo protagonista aislado en una cárcel con todo un pueblo liderado por un personaje al que se conoce como El Gobernador. La lucha de poder de dos formas de entender la sociedad (dictatorial frente a democrática) es la verdadera protagonista, o mejor dicho lo absurdo del comportamiento humano, capaz de luchar por un poder cuando la verdadera amenaza se haya en otra dirección. En esta ocasión, sin embargo, no hay revelación que valga. No existen pactos tácitos para defenderse del enemigo común, al menos no por la parte dictatorial.

Comenzaba asegurando que todo está contado. Desde luego, esta trama ha sido contada en más de una ocasión. Estas luchas de poder incluso se han manifestado en cintas propias de este subgénero de terror, sin ir más lejos en la mayor parte de las entregas de la saga de muertos vivientes creada por George A. Romero, con La noche de los muertos vivientes (1968) a la cabeza. Este reflejo de la naturaleza humana es, desde luego, lo que convierte a esta tercera temporada en una de las mejores hasta la fecha, si no la mejor. Claro que este trasfondo sería poca cosa si no estuviera aderezado con otros ingredientes de igual o mayor interés. Ya hemos comentado la presencia, cada vez mayor y más elaborada, de esos muertos vivientes y sus correspondientes decapitaciones/destrucción de cráneos/mutilaciones. Pero hay más.

El Gobernador, un gran villano para la tercera temporada de 'The Walking Dead'.

Un Gobernador inmortal

No hay nada mejor para una trama que afrontar los retos que les plantean los personajes y resolverlos con naturalidad y coherencia. Además de fortalecer su desarrollo, aporta al espectador un grado de verosimilitud que le hará confiar en futuras diatribas. The Walking Dead pertenece a ese privilegiado grupo en el que todo ocurre por una razón. Y en un mundo devastado por zombis es más que evidente que los personajes principales, poco a poco, irán desapareciendo. Esta última temporada ha sabido administrar dichas desapariciones de forma sutil y preciosista, hasta el punto de convertir en dramáticas las muertes de algunos personajes que han llegado a resultar odiosos.

En cierto modo, esta es una temporada de reencuentros y de locura. De reencuentros porque muchos de los personajes que habían desaparecido en la segunda temporada vuelven en esta, como es el hermano de Daryl Dixon, Merle, a quien todo el mundo daba por muerte en la azotea durante los primeros episodios de la serie. Y de locura porque contiene, con mucha diferencia, algunos de los momentos más psicóticos y extremos de la serie (por no hablar de la televisión en general), resueltos todos ellos con una inteligencia audiovisual realmente apabullante. Me refiero, por supuesto, al descenso a los rincones más oscuros de la locura del protagonista, un Andrew Lincoln que ha dado lo mejor de sí durante los episodios centrales de la temporada, y que ha sabido reflejar el desquicio de la soledad y la pena. Por no hablar de la lucha entre el personaje de Steven Yeun (My name is Jerry) y un zombi en una habitación, el primero atado a una silla. Un secuencia que deja, literalmente, sin palabras.

Aunque el gran triunfador de estos 16 episodios, al menos desde un punto de vista artístico, ha sido David Morrisey (La cosecha), actor que da vida al ya citado Gobernador. Su labor dando vida a un personaje tan complejo, atormentado y psicótico como el de este líder de una comunidad aparentemente normal es, en una palabra, perfecto. La evolución de su carácter mostrada desde los primeros episodios hasta el clímax final en el que, literalmente, se vuelve loco evidencia un trabajo único, pocas veces visto en este tipo de relatos, y que sin duda ayuda a engrandecer la calidad de una temporada ya de por sí sólida. Una evolución, por cierto, que va aparejada a un cambio físico, y que tiene su punto de inflexión durante la refriega en la que pierde el ojo. Tal vez lo mejor de su personaje es que queda con vida y desaparecido, lo que permitiría recuperar en un futuro que, esperemos, no sea demasiado lejano a un villano que quedará para la posteridad.

Esta tercera temporada de The Walking Dead es, desde mi punto de vista, la mejor realizada hasta ahora en la serie. Si bien la primera entrega tuvo ese carácter innovador y fresco de un producto novedoso, esta ha sabido sobresalir por méritos propios más allá de ser una fase más en una serie de éxito. Estos 16 capítulos han colocado a la serie donde le corresponde, y lo ha hecho con unas armas que tal vez hayan pillado a mucha gente desprevenida. Más allá de muertes y escenas viscerales, la historia atrae por ser una radiografía del ser humano, incapaz muchas veces de sobreponerse a sus propias circunstancias para afrontar un mal común. Ese trasfondo, protagonizado por unos personajes sólidos y cada vez más desarrollados, es lo que aporta seriedad a un producto que perfectamente podría derivar en otros derroteros, como posiblemente lo haga la inminente Zombieland. Pero no es ese tipo de series. No, estamos ante una de las producciones más serias y adultas, por mucho muerto viviente que haya.

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Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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