‘Un amor entre dos mundos’: la bipolaridad de la indefinición


Jim Sturgess protagoniza 'Un amor entre dos mundos', de Juan Solanas.Las películas de ciencia ficción que centran su atención en la modificación de las leyes físicas que conocemos deben luchar, por lo general, por no caer en su propia trampa y perder credibilidad con los detalles más triviales pero capaces de dar sentido al trasfondo de la trama. En líneas generales, Juan Solanas (Nordeste) compone una obra fascinante donde todos esos pequeños detalles quedan más que resueltos, aunque dejando al mismo tiempo el margen necesario para que la imaginación prosiga con las posibilidades que ofrecen dos planetas gemelos con sus gravedades propias. Sin embargo, una película no vive solo de eso.

En efecto, el apartado visual y narrativo del film es impecable. Más allá de unos efectos digitales bellos y de un acabado brillante, el director aprovecha las posibilidades que ofrecen los mundos opuestos para apostar por una narración donde los planos invertidos se convierten en protagonistas. Ello permite tener situaciones tan variopintas e increíbles como unas oficinas donde no existe el techo, sustituido por un segundo suelo. Este punto de partida de los mundos unidos y enfrentados es, quizá, lo más interesante del film, para muchos quizá lo único.

El principal problema es la historia en sí. Como bien reza el título en español, la película trata de disfrazar de ciencia ficción una historia romántica que ha sido contada una y mil veces: los jóvenes enamorados que no pueden estar juntos. En esta ocasión es por impedimentos físicos (pertenecen a planetas diferentes) y sociales. No hace falta ser sociólogo para comprender, ya desde la introducción, que la existencia de un planeta superior y de otro inferior es una analogía de la bipolaridad de nuestro propio planeta, donde el norte es más rico y avanzado que el sur. Una bipolaridad que, por desgracia, se extiende a una trama que camina hacia ninguna parte, a medio camino entre un romance que pierde interés a medida que avanza el film y una revolución científica que se desarrolla de forma algo intermitente.

Un amor entre dos mundos es un claro ejemplo de las buenas intenciones que se esconden detrás de todo film, y que muchas veces quedan sepultadas bajo una alarmante indefinición. En este caso, indefinición en el tema a desarrollar y en la intensidad de la relación entre los protagonistas, que no acaban de compenetrarse los suficiente como para convencer al público de que está ante los nuevos Romeo y Julieta capaces de enfrentarse a todo por estar juntos. El resultado de todo esto es que el relato se hace lento, pesado (a pesar de durar poco más de hora y media) e indiferente. Y eso es lo peor que le puede ocurrir a un relato, sea audiovisual o no.

Nota: 5,5/10

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Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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