‘Black Mirror’ vuelve a provocar con su crítica social al mundo digital del entretenimiento en su 2ª temporada


Imagen inicial de la serie 'Black Mirror'.Aquellos que tuvieron la suerte de disfrutar de la primera temporada, por llamarla de algún modo, de Black Mirror, habrán esperado con ansiedad la segunda entrega de capítulos. No es para menos, pues como dijimos en este mismo espacio, los tres primeros capítulos supusieron una ruptura total en todos los aspectos con lo que suele verse en televisión. Las expectativas estaban altas, muy altas, por lo que tal vez lo primordial sería aclarar si esta segunda temporada, de nuevo por llamarla de algún modo, ha estado a la altura. La respuesta sólo puede ser sí. Sí a nivel global en todos sus aspectos, desde el argumento hasta la factura técnica, pasando por las interpretaciones; otro cantar sería a nivel más específico, donde ha presentado algunas carencias, sobre todo provocadas por el impacto que supuso su primera parte.

En cualquier caso, estos nuevos tres episodios mantienen el espíritu conceptual de la producción, desde el hecho de que nada tengan que ver los capítulos entre sí hasta la temática común de la crítica a la sociedad de la información, teniendo esta vez como nexo de unión entre todas ellas la influencia de las redes sociales y la web 2.0 (aquella que permite la interacción entre visitantes de una página y su autor) en todos los aspectos de la vida, incluyendo aspectos a priori tan poco dados a estos conceptos como la justicia o, incluso, la muerte.

Visto con perspectiva puede dar la sensación de que esta segunda temporada es menos transgresora, menos provocativa. Sin embargo, si entramos en un análisis más profundo de cada una de las historias, como haremos a continuación, el resultado es el opuesto: los episodios son mucho más ácidos en su crítica de lo que fueron los tres anteriores, y sin lugar a dudas generan una reflexión mucho más honda no sólo de la modificación que se está dando en el comportamiento individual a raíz de la implantación de Internet, sino el cambio social que está generando a nivel de costumbres y de criterio moral.

Hayley Atwell protagoniza el primer capítulo de la segunda temporada de 'Black Mirror'.Existe la vida después de la muerte

El mundo digital, actualmente representado casi en su totalidad por Internet, está permitiendo cada vez más que el ser humano sea capaz de dejar su huella en un proceso de globalización tal que cualquier persona en cualquier lugar del mundo puede saber cosas de nosotros. Algunas extremadamente íntimas. Pero, ¿qué ocurre cuando dicha información permanece incluso después de nuestra muerte? El primero de los episodios, Ahora mismo vuelvo, juega con esa idea de una forma tan macabra y al tiempo tan bella que resulta perturbador.

Con una interpretación realmente sobresaliente de Hayley Atwell (Capitán América: El primer vengador), la historia ahonda en los peligros morales que está generando la necesidad cada vez más imperiosa de mostrarlo todo en la red, más concretamente en las redes sociales. Unos peligros que, en realidad, tienen más que ver con el aspecto macabro del subtexto que con la propia historia en sí, que transita por los derroteros del romanticismo más clásico. El amor después de la muerte es lo que lleva a la protagonista a introducirse en un programa capaz de rastrear nuestra huella digital y utilizarla para simular nuestra forma de ser en todos los formatos posibles.

Como deja entrever el propio desarrollo narrativo, el mundo virtual permite al individuo sobrevivir a su propia muerte física, ofreciendo a los seres queridos la posibilidad de mantener viva la memoria del difunto. Empero, la trama apunta con acierto la evolución de dicha actitud hasta convertirse en una obsesión por seguir relacionándonos con aquellos que perdemos, hasta el punto de pervertir su propia memoria al convertirlo en una suerte de maniquí capaz de hablar pero sin el sentimiento humano. Una perversión que, de forma realmente poética, lleva a la conclusión de que, aún con el dolor que provoca, nuestros difuntos deben mantenerse únicamente en nuestra memoria si no queremos relegarlos a un polvoriento ático.

Lenora Crichlow corre por su vida en la segunda temporada de 'Black Mirror'.La crueldad del castigo

Si en la primera temporada la historia más impactante era la que incluía al Primer Ministro británico y a una cerda, en esta segunda temporada es el episodio dos, que bajo el título Oso blanco critica de forma visceral e inquietante el extraño espectáculo que se está generando en la red gracias a plataformas como YouTube. Cada vez es más común ver cómo la gente comparte vídeos en los que varios sujetos se unen para dar una paliza a alguien, o cómo se gastan bromas que pueden llegar a resultar peligrosas. Lo que plantea este capítulo dirigido por Carl Tibbetts (Retreat) es lo moralmente aceptable que es este tipo de comportamiento.

Y lo hace, cómo no, con una historia impactante y arrolladora que mantiene al espectador con la incertidumbre y los giros argumentales hasta, literalmente, los títulos de crédito. Al igual que la protagonista, nos encontramos con una situación que desconocemos, en la que nada parece encajar y donde todo el mundo, a excepción de la desdichada mujer amnésica convincentemente interpretada por Leonora Crichlow (Fast Girls), parece ser un mero espectador que lo mira todo a través de la pantalla de su teléfono móvil. ¿Y qué es todo? Pues la lucha a vida o muerte.

En este punto intentaré no desvelar demasiado del inesperado final. Simplemente apuntar que dicha actitud es en realidad una especie de castigo que se repite día tras día, en una tortura que trata de equilibrar un terrible crimen cometido hace tiempo. Lo que sí queda patente es la crueldad de una sociedad que, a base de ver violencia y brutalidad en sus cada vez más habituales pantallas, parece haberse vuelto insensible al sufrimiento. Es más, lo entiende como un mero entretenimiento por el que pagar, como si de un parque de atracciones se tratara. Una frialdad que nos convierte en unas máquinas más aterradoras que las de Terminator (1984), capaces de aplicar una tortura interminable y repetitiva a un semejante. Algo que no debería tener excusa, ni siquiera el crimen cometido.

Waldo, en el centro, es el personaje protagonista del tercer capítulo de la segunda temporada de 'Black Mirror'.Ídolos de barro que controlarán el futuro

Prácticamente cada mes, incluso cada semana, nos encontramos con algún extraño personaje que, gracias a Internet, disfruta de sus 15 minutos de fama. Suele hacerlo gracias a alguna estupidez que resulte graciosa. Afortunadamente, dichos ídolos de barro terminan por olvidarse hasta su desaparición, pero no son pocos los casos en los que alguno de ellos traspasa la frontera para convertirse en un icono de la pequeña pantalla, al menos para una parte de la sociedad. Esto es, a grandes líneas, lo que se halla detrás de El momento Waldo, tercer, último y, personalmente, más flojo capítulo de esta segunda temporada.

Evidentemente, y manteniendo el tono general, la historia va mucho más allá, hasta el punto de que el éxito de un extraño oso azul creado digitalmente y manejado por un cómico para un programa de televisión termina siendo determinante en unas elecciones y, por ende, en el uso político de una caricatura que termina por convertirse casi en dueño y señor de la sociedad. En cierto modo, la trama avisa de los riesgos a los que se expone la sociedad si es incapaz de analizar fríamente quién o qué está detrás de cada imagen, cada personaje o cada discurso que nos llega a través de la televisión.

Al fin y al cabo, dichas criaturas no son más que, en este caso, píxeles y código binario que no poseen, en sí mismas, ningún tipo de personalidad. En una sociedad entregada al entretenimiento, un personaje de este tipo, capaz de criticar la política y de reírse de unos políticos que buscan el beneficio propio, puede volverse tremendamente influyente. Puede expresar preguntas que la sociedad hace; puede hacer críticas que los individuos piensan; y puede decir cosas que ningún político se atrevería a decir en campaña. El riesgo, como decimos, estriba en la cantidad de poder y credibilidad que se le debe dar a este tipo de marionetas manejadas por unos poderes en la sombra cuyo objetivo es manejar a la propia sociedad. Por supuesto, esto es ficción, pero ¿cómo habría que valorar a determinados políticos que surgen en la escena pública y repiten mensajes ideados por una fuerza superior (léase el ideario político de un partido)?

A modo de conclusión, esta segunda temporada de Black Mirror permite comprender un poco mejor la idea de la serie completa. Si la primera temporada resultó impactante y perturbadora, estos nuevos tres episodios ahondan un poco más en esa crítica hacia una sociedad cada vez más entregada al entretenimiento digital, a una vida en un mundo virtual donde personas desconocidas resultan ser “amigos”, y en el que todo es visto como una ficción muy realista. Eso no impide, empero, que no mantenga el carácter transgresor de su predecesora, algo que debe ser aplaudido por la dificultad que entraña. Antes mencionaba que tanto la primera como la segunda tanda de episodios las catalogamos como temporadas por poner algún calificativo. Y es que la serie no debe ser vista como un producto continuado, sino como un estudio del camino que está tomando la sociedad de la información. En este sentido, sólo cabe calificarla como imprescindible.

Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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