‘Boss’ muestra el crimen de la política en su primera temporada


Kelsey Grammer se pasa al drama político en 'Boss'.No es Gus Van Sant un director especialmente político. Al menos no lo demuestra con su filmografía, en la que destaca Mi nombre es Harvey Milk (2008) como representante de esta temática a lo largo de su carrera. Tal vez por eso sorprenda ver su nombre en los títulos de Boss, serie de televisión que sigue los pasos del alcalde de Chicago por mantenerse en el poder a costa de dejar tras de sí un reguero de cadáveres políticos y humanos. Claro que esa es solamente la primera impresión. Ya desde el primer plano de su primera temporada, que aquí comentamos, queda patente su estilo y, sobre todo, sus preocupaciones sociales que, esta vez sí, definen su filmografía. Una primera temporada que, todo hay que decirlo, es un constante tour de force en el que las intrigas y las venganzas personales acaparan los focos de unas elecciones primarias que terminan convirtiéndose en escenario de las miserias humanas más aterradoras.

En cierto modo, el comienzo de estos primeros 8 capítulos da una idea del devenir de la historia, que nos muestra a un hombre recibiendo la peor noticia de su vida. Sin conocer todavía la relevancia de su cargo, ese primer plano que termina pareciendo lejano en la estremecedora conclusión de la primera temporada define con contundencia el ambiente que se respirará a lo largo de los episodios. El entorno de este alcalde de Chicago que responde al nombre de Tom Kane está enfermo, y se encamina irremediablemente a una muerte anunciada. ¿Es la enfermedad el nexo de unión de las diferentes tramas secundarias? Dependiendo de cómo se interprete. Evidentemente, la enfermedad física del protagonista influye notablemente a lo largo de la temporada. Empero, es la enfermedad política que se deriva de aquella la que realmente centra el drama de esta historia creada por Farhad Safinia (Apocalypto).

La forma en que se desarrolla el juego político en una ciudad con alusiones tan claras a la corrupción y la mafia como es Chicago no hace otra cosa que rememorar épocas de antaño en las que importantes capos del crimen organizado dominaban la ciudad. En este caso, dichos capos mueven los hilos directamente desde la Alcaldía. Bajo un traje de elegancia y buenas maneras los políticos reconvertidos en mafiosos manejan las situaciones como si de problemas matemáticos se tratara, ofreciendo no solo una pobre imagen del interés por los ciudadanos, sino asentando las bases de que todo se hace para buscar un beneficio, personal o político.

Es esta una serie que necesita ser vista de forma continuada. La proliferación de personajes, unido a la complejidad de las acciones y decisiones y a la sutileza de los diálogos, pide a gritos una atención que merece. Con una trama cuidada y sólida, su creador nos adentra en un mundo donde hay que andar con pies de plomo y que depara sorpresas casi tras cada esquina. Evidentemente, encadilará a los aficionados a la política, pero es una muy buena herramienta para abrir una ventana al mundo de la política estadounidense, siempre y cuando se dejen a un lado algunos de los momentos más brutales del conjunto.

Y es que si algo fascina de Boss es el estilo narrativo que posee. Visualmente se aleja, y mucho, del formato estandarizado para este tipo de producciones. El espectador se convierte, por obra y gracia de una cámara absolutamente intrusiva, en un voyeur, en un participante invisible sin voz ni voto. Gracias a esta decisión artística los personajes, sobre todo el complejo alcalde de Chicago, se vuelven más cercanos, pudiendo comprender mejor la verdadera naturaleza de los mismos, muchas veces oculta y disimulada bajo una gruesa capa de mentiras y falsas expresiones. Este lenguaje, que se nutre de numerosos planos extremadamente cortos, ayuda igualmente a potenciar el otro gran elemento narrativo del conjunto: el equilibrio entre la calma y la tormenta. Los momentos más tranquilos, en los que a pesar de todo siempre se palpa tensión, dan paso a las crisis más violentas con una naturalidad pasmosa. Una violencia que en algunos momentos se vuelve física, siendo la mayoría de las veces psicológica.

Un castigo proporcional

Aquellos que hayan visto la serie puede que a estas alturas piensen que me olvido de uno de los pilares básicos de la producción. Nada más lejos de la realidad. A pesar de la buena factura técnica y artística del conjunto, buena parte del éxito reside en sus actores, sobre todo en su protagonista, un Kelsey Grammer (serie Frasier) sencillamente soberbio. En líneas generales, el reparto logra captar con solvencia la dualidad del mundo político, donde las sonrisas se tornan en amenazas a la mínima ocasión. Sin embargo, es el trabajo de Grammer, quien cambia completamente de registro, el que impacta sobremanera. Su forma de afrontar los cambios físicos y psicológicos de su personaje debido a la enfermedad es indescriptible. La sutileza de su expresividad, contenida como la de un político, da una idea al final de esta primera temporada de que su rol es capaz de cualquier cosa, generando una mezcla de desconfianza y atracción que solo los grandes intérpretes consiguen.

Esta primera entrega de la serie, que por desgracia solo posee dos temporadas, supone un descenso a los infiernos de la política y de la enfermedad. La conclusión de sus 8 episodios es fundamental para comprender de forma global el desarrollo de toda esta trama de la temporada. Como dice uno de los personajes, “el castigo ha de ser proporcional”, y aunque pueda parecer lo contrario, así sucede. En una referencia velada a esas magníficas e inolvidables conclusiones de El Padrino (1972) y El Padrino II (1974), el jefe de Chicago termina con todos sus enemigos uno por uno, bien humillándoles, bien encargando sus ejecuciones. Un ejemplo más de la despiadada interpretación que realiza Grammer de su personaje, quien no duda en utilizar a su hija para mejorar su imagen pública o en forzar a su esposa a mantener relaciones sexuales con un importante inversor de su campaña política.

Todo para mantenerse en un poder que se sabe extinto ante la inminencia de la enfermedad degenerativa. Incluso aquí existe un castigo proporcional al protagonista. La imagen con la que se cierra el ciclo, con el alcalde retorciéndose de dolor en el suelo, no deja de ser una especie de “recompensa” por las decisiones que ha tomado. Decisiones que, como bien se señala en el episodio final de la temporada, son por el beneficio propio y no por el común, lo que lleva a una degeneración política de la ciudad. Y, de nuevo, volvemos a la enfermedad social, en paralelo a la física, que abre y cierra el círculo casi de la misma forma. Si la serie comenzaba describiendo los síntomas, concluye su primera parte mostrando dichos síntomas. Una imagen tan directa como simbólica, pues el hombre que ha sido capaz de doblegar a sus adversarios y manipular todo su entorno se ve así mismo doblegado ante una fuerza mucho más poderosa e imparable que él mismo.

Boss es una de esas producciones que posiblemente pasarán desapercibidas entre el gran público, centrado en productos de otra índole y calidad. Eso no debe ser una excusa. La serie es uno de esos productos que deben disfrutarse a conciencia, que deben ser vistos con la máxima atención a todos los detalles. Nada está dejado al azar ni nada se muestra de forma secundaria. Cualquier palabra, mirada o reacción tiene una razón de ser, una motivación. Eso es lo que engrandece al conjunto. Y aunque la primera temporada deja atados los cabos que había soltado en su inicio, libera unos nuevos que plantean un panorama interesante y, posiblemente, tan aterrador como su protagonista.

Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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