Demasiados subgéneros impiden el desarrollo narrativo de ‘American Horror Story: Asylum’


La locura, la religión y los extraterrestres, protagonistas de 'American Horror Story: Asylum'.Uno de los conceptos más interesantes de la primera entrega de American Horror Story, y por lo que será recordada en el marco televisivo, fue la capacidad de los creadores, Brad Falchuk y Ryan Murphy (responsables de la serie Glee), de hilar a la perfección diferentes historias en el marco de una casa encantada. Todos los personajes, vivos o muertos, estaban relacionados entre ellos por un nexo único más fuerte que cualquiera de ellos y, lo que es más importante, existía un equilibrio entre el aterrador presente y el trágico pasado de cada uno de ellos. El problema del extremo detalle de una trama como esta es que, siendo como era autoconclusiva, una segunda temporada de la serie se antojaba complicada y planteaba varias preguntas: ¿nuevo o idéntico escenario? ¿similar trama o una radicalmente distinta? El resultado, por desgracia, no consigue mantener las expectativas generadas, principalmente por una falta total de objetivo.

No quiere decir esto que sea una mala serie, ni mucho menos. Simplemente, no llega a la perfección que sí tuvo su predecesora y, tal vez lo más importante, abre demasiadas vías narrativas diferentes que nada tienen que ver entre ellas. Por supuesto, cumple con creces su intención primordial, que no es otra que la de generar ansiedad, miedo y cierto rechazo en el espectador. Su factura técnica, en este sentido, tiene poco que envidiar a la primera temporada, sobre todo en ese afán por mostrar la decadencia de ese manicomio regentado por un cura y numerosas monjas a mediados del siglo pasado en el que una monja ejerce con mano de hierro un poder absoluto. Es reseñable, además, la labor de los guionistas por dotar de un rico pasado a cada uno de los personajes, teniendo como denominador común la tragedia, bien personal, bien comunitaria. Analizar cada una de dichas historias daría para rellenar varios artículos.

El problema es el nexo de unión de dichos pasados y, lo que es más importante, de sus presentes. Si en los primeros 12 episodios las diferentes circunstancias personales se encontraban irremediablemente unidas por el espacio del caserón encantado, en esta ocasión trata de ser un tenebroso manicomio el denominador común, aunque con poco éxito. Estos nuevos 13 capítulos abordan tantas temáticas y tan diferentes que resulta muy complicado unirlas con coherencia. Sin ir más lejos, la primera ficha es la presencia de un asesino en serie al más puro estilo Cara de Cuero de La matanza de Texas (1974), pero rápidamente se abandona para centrar la atención en un joven acusado de ser dicho asesino y que, en realidad, ha sido abducido por extraterrestres. A esto habría que sumar la presencia de un miembro del partido nazi que, bajo una identidad falsa como doctor del psiquiátrico, realiza experimentos de lo más truculentos. Y, para completar el cuadro, la presencia del demonio en el cuerpo de una virginal monja.

Todos y cada uno de dichos arcos narrativos necesitan, claro está, su espacio para ser desarrollados. Y dado que todos ellos poseen una carga de interés elevada (generada a partir de la ambientación y del magnífico trabajo de los actores), la consecuencia es que la serie oscila de una a otra sin encontrar un auténtico cauce capaz de aunar esfuerzos en una sola dirección. Por otro lado, y aunque parezca un motivo menor, el hecho de combinar tantas historias de corte fantástico y/o terrorífico impide al espectador identificarse con alguna de ellas de forma completa, lo que a la postre genera cierta insatisfacción. El miedo, por tanto, no proviene de las historias en sí (aunque cada una tiene sus momentos), sino del ambiente claustrofóbico, oscuro y recargado de un manicomio donde las técnicas más invasivas de la terapia de choque estaban a la orden del día.

Mismos actores, nuevos personajes

Antes mencionábamos la labor de los actores, y la verdad es que si no fuera por ellos posiblemente esta segunda temporada se habría diluido hasta ser casi irreconocible. A pesar de contar otra historia en otra época y en otro entorno, los responsables han querido con buena parte del reparto original, algo que ha beneficiado mucho tanto al dinamismo de la trama como a la complicidad de los personajes. Sin duda, el principal atractivo vuelve a ser Jessica Lange (Heredarás la tierra), quien se mete esta vez en la piel de la monja al frente del psiquiátrico. La evolución de su personaje, desde un pasado marcado por el alcohol y la muerte hasta un presente en el que rige con mano férrea (muchas veces excesivamente brutal) el centro psiquiátrico, es ejemplar, sobre todo teniendo en cuenta la situación en la que termina viviendo. Y a pesar de todas las etapas por las que pasa, la entereza y dignidad que siempre aporta a esta mujer es encomiable, creando un personaje tan fuerte y desagradable al principio como capaz de generar compasión al final.

Junto a ella destacan tanto Evan Peters (Rompiendo las reglas), esta vez en un rol mucho menos deprimente aunque igualmente marcado por la tragedia, como el siempre inquietante Zachary Quinto (Sylar en Héroes), quien en esta ocasión se convierte en un psiquiatra de día y asesino en serie de noche. Tal vez sea este el personaje más carismático de todos, no tanto por la dualidad de su personalidad como por el trasfondo psicológico de su psicopatía, que en todo momento retorna al seno materno como origen de sus males personales. La labor del actor, aportando siempre el carisma que le caracteriza aunque sin dejar de generar un cierto grado de inseguridad en su entorno, es sencillamente brillante.

Tal vez una de las mejores pruebas de la reputación que obtuvo American Horror Story es la cantidad de actores conocidos que han decidido participar, tanto de protagonistas como de secundarios, en la compleja y derivativa trama principal, que podríamos identificar con la del asesino en serie. Así, Joseph Fiennes (Enemigo a las puertas), Lily Rabe (Sin reservas), Sarah Paulson (Martha Marcy May Marlene), James Cromwell (Yo, Robot), Chloë Sevigny (American Psycho), Clea DuVall (The Fculty) o Franka Potente (Corre Lola Corre) son algunos de los nombres, a los que habría que sumar los de Dylan McDermott (En la línea de fuego) o Frances Conroy (El aviador), que repiten en la serie con dos personajes bastante secundarios pero de especial relevancia.

Pero todo este carrusel de caras conocidas no impide que, con la conclusión del episodio 13, se tenga la sensación de haber pasado de puntillas por un manicomio del que podría haberse exprimido mucha más tensión narrativa. Es una lástima, pues tanto el comienzo, con esa pareja en luna de miel realizando un recorrido por lo lugares más terroríficos y trágicos de Estados Unidos, como la ambientación, insana y asfixiante como pocas, prometían horas de auténtica lírica terrorífica. En lugar de eso, lo que nos encontramos es un compendio de buena parte de los elementos que conforman el cine fantástico y de terror, desde las posesiones demoníacas a los extraterrestres, pasado por los asesinos en serie o los experimentos monstruosos. Demasiadas líneas narrativas que, por desgracia, impiden centrar la atención en algo concreto.

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Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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