‘Million Dollar Baby’, el boxeo como excusa del desarrollo dramático


Es conocida la afición de Clint Eastwood de rodar como director aquellos guiones que le convencen en una primera lectura. Da igual que sea un primer borrador o el resultado de varias revisiones: si le gusta, lo pondrá en imágenes sin quitar una coma. Esto ha dado, como es lógico, un resultado irregular, desde joyas modernas del cine hasta obras minoritarias que se han visto beneficiadas por la maestría del protagonista de El bueno, el feo y el malo (1966). Una de sus mejores películas es, sin ningún género de dudas, Million Dollar Baby, drama ambientado en el mundo del boxeo que en 2004 conmovió a todos los espectadores, aficionados o no a este deporte.

Puede que para muchos sea demasiado pronto para considerarla un clásico, pero desde luego el film posee todos los elementos para serlo. Más allá de un guión impecable escrito por Paul Haggis (Crash), el trabajo formal de todos los aspectos de la historia refleja no solo una preocupación por poner al servicio de la historia cada elemento, sino en narrar con la luz, la música o el color cada emoción y cada subtexto que se esconde bajo los diálogos y las decisiones de los personajes. Esto refleja una idea básica: que Million Dollar Baby no habla de boxeo, sino que lo utiliza para hacer avanzar a unos personajes complejos, frustrados y tercos hasta un punto de encuentro del que no podrán escapar hasta ese último plano del relato. No es la única vez que Eastwood, ya sea como director o como actor, aborda el mundo del deporte. Puede, empero, que sea la única vez en la que este no termine acaparando la atención (Invictus también tiene algo de esto).

Como decimos, la película, que narra la relación que surge entre un entrenador de boxeo que añora sus tiempos de gloria y una joven que ansía poder competir profesionalmente bajo sus órdenes a pesar de ser algo mayor para luchar, no habla de boxeo. Sí, es cierto que la trama apenas se traslada fuera del gimnasio o de los rings, pero es que ni siquiera allí se habla de boxeo. En realidad, la piedra angular de todo es el trasfondo de los personajes. El pasado de todos y cada uno de ellos, incluso el de los más secundarios, es tan rico y complejo que sus frustraciones, sus miedos y sus errores toman la palabra para acaparar toda la atención.

Y de todo ello, lo más interesante es la relación entre el viejo entrenador y la joven púgil, papeles a cargo del propio Eastwood y de una Hilary Swank que obtuvo su segundo Oscar por este personaje (el anterior fue por Boys don’t cry). La necesidad familiar de ambos, él de una hija que le aprecie y ella de un padre que la quiera tal y como es, genera un vínculo mucho mayor y más fuerte del que se podría crear entre entrenador y boxeador. En este sentido, el metraje permite a ambos (a él más que a ella) evolucionar hasta una plaza común de sentimientos correspondidos, a pesar de la reticencia del personaje masculino. Aunque no es lo único. Como espectador activo hallamos a un veterano boxeador, antiguo pupilo del personaje de Eastwood y amigo suyo, interpretado por Morgan Freeman (Cadena perpetua). A modo de conciencia desdoblada del entrenador, es el conductor de la trama, el que inicia el relato y el que lo finaliza. Una especie de narrador influyente que, en no pocas ocasiones, es el que hace avanzar la trama ante la ofuscación emocional del protagonista.

La importancia del punto de giro

Todos aquellos que se hayan acercado alguna vez a la teoría de la escritura de guión sabrán que la división en tres partes de cualquier historia viene determinada por lo que se denomina “punto de giro”, un acontecimiento tan impactante e importante que modifica el devenir de los personajes, haciéndoles tomar un rumbo radicalmente distinto al que se podía prever. Bueno, en este aspecto Million Dollar Baby posiblemente se estudie en un futuro no muy lejano (si no se hace ya) como un ejemplo realmente claro. Es verdad que esa relación entre los personajes surge y se desarrolla a lo largo del film, pero no es hasta el paso del segundo al tercer acto cuando realmente se revela en todo su esplendor, aunque para ello entre de lleno en el dramatismo más puro.

No hay que engañarse. El final es lacrimógeno, sí, pero huye en todo momento de la lágrima fácil. Si el final emociona tanto es gracias al equilibrio emocional que el guionista y el director logran aplicar a toda la historia. El espectador, aun sin conocer el mundo del boxeo, puede identificarse con los protagonistas, gracias entre otras cosas a esos pasados tan comunes y universales. En base a esto, la película nos hace partícipes de la crudeza del camino, de los éxitos y las derrotas, de la oscuridad en la que viven los personajes y de su lento camino hacia la luz. Es por eso que el punto de giro final se convierte en inesperado. Es por eso que la conclusión de la historia conmueve sobremanera. Incluso cuando llegan los títulos de crédito cuesta creer que la trama concluya como concluye. Y eso solo se consigue con un guión, en líneas generales, perfecto.

La referencia a la oscuridad no es casual. Al comienzo mencionábamos que los diferentes aspectos de la película trabajaban por apoyar la labor de los actores y el subtexto de la trama. Así, es necesario señalar el uso de la fotografía por parte de Tom Stern, colaborador habitual de Eastwood. Los marcados contrastes entre las luces y las sombras dentro del gimnasio o en las viviendas de los personajes, unido a que buena parte de las secuencias transcurren de noche, envuelven al conjunto en un manto silencioso y lúgubre que refleja tanto el interior de unos personajes acosados por sus decisiones del pasado como el solitario mundo en el que viven. Gracias a su fotografía, la película de Eastwood traslada la acción a un mundo único, a medio camino entre la realidad y lo onírico. Una especie de cuento (al fin y al cabo, la historia es un relato del personaje de Freeman) sin final feliz en el que, repetimos, los personajes tratan de salir de la oscuridad que les rodea sin llegar a conseguirlo. Por supuesto, la labor de Stern aporta al conjunto una belleza inigualable que deja en la retina algunos de los planos más bellos de los últimos años.

No vamos a descubrir aquí que Clint Eastwood es un gran director. Su carrera lo atestigua sin necesidad de analizarla. Pero Million Dollar Baby es, junto a otras películas próximas en el tiempo dirigidas por él, uno de los mejores trabajos que dejará para la historia. El tiempo pondrá en el sitio que corresponda a este drama deportivo, pero la perfección en todos sus aspectos técnicos y dramáticos la convierten en una pieza fundamental, en un modelo a estudiar por iniciados y aficionados que quieran aprender a narrar con una cámara. Pocas películas son capaces de lograr eso; ni siquiera muchas de las consideradas clásicos.

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Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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