La primera película de… Sam Mendes: ‘American Beauty’


Resulta muy complicado para un realizador que afronta su primer largometraje conseguir que su obra tenga una repercusión más o menos notable. No digamos ya que sea un éxito incomparable. Pero conseguir que una ópera prima alcance la categoría de clásico, de obra clave para el cine posterior y, sobre todo, que obtenga los premios más importantes alrededor del mundo, es conseguir una hazaña al alcance de muy poca gente. Tal vez sea por eso que la elección de Sam Mendes como director del último James Bond, Skyfall, estuvo rodeada de cierta expectación por ver de qué era capaz un director al que se conoce, sobre todo, por su forma de abordar el drama. Género, por cierto, que centró su primera película, American Beauty, allá por 1999, con la que no solo copó su carrera con los premios y el reconocimiento que a muchos otros artistas les cuesta lograr durante décadas, sino que definió un lenguaje cinematográfico muy personal.

Con todo y con eso, posiblemente el punto más débil del film sea su guión, obra de un Alan Ball (serie True Blood) también primerizo en esto de los largometrajes. El libreto sigue la vida aparentemente perfecta de un hombre de clase media, acomodado, con una bella mujer y una hija adolescente. Sin embargo, a medida que se profundiza en el núcleo familiar la historia desvela que la tranquilidad que rodea a los tres es en realidad una máscara de cara a la sociedad para ocultar un matrimonio desunido en el que él se siente despreciado y ella atrapada, y con una hija a la que no comprenden ni escuchan. Todo narrado por el propio protagonista en uno de los planos iniciales más hermosos de los últimos años (y que plantea una sorpresa que no se desvela hasta el clímax del tercer acto).

Sin duda, lo más recordado de este film protagonizado de forma magistral por Kevin Spacey (K-Pax. Un universo aparte), trabajo por el que consiguió el Oscar, y Annette Bening (Bugsy) es precisamente el preciosismo de sus planos, en concreto de las secuencias oníricas en las que el protagonista fantasea con la amiga animadora de su hija. Si todo el metraje desprende una elegancia formal y en el diseño de producción que contrasta con el trasfondo de los personajes, es en estos sueños eróticos donde Mendes explota al máximo su manejo del color y los claroscuros para ofrecer algunos de los momentos que ya son parte inmortal del cine. Del mismo modo, el simbolismo de los pétalos de rosas, flor asociada a su mujer a través del jardín que cuida con más esmero que a su propia hija, da una idea de esa contradicción interna que siente el personaje, y que en más de un diálogo se plantea sin demasiado éxito, incluyendo la resolución de la trama.

Ya que mencionamos la trama, cabe explicar que el film, en sí mismo, puede pecar de un exceso de contenido dramático y moral en detrimento de un desarrollo dramático más puro y lineal. American Beauty es uno de los mejores films de los últimos 15 años, si no el mejor. La forma de presentar a los personajes y, sobre todo, la sutileza y seriedad con la que aborda esa doble moral de la sociedad americana en la que las apariencias importan más que el estado de ánimo de los individuos (y que es el verdadero punto fuerte del conjunto) no deja lugar, empero, a un desarrollo pleno de los conflictos y de las líneas secundarias. Por poner un ejemplo, la historia de amor de la hija (interpretada por Thora Birch) y el hijo del nuevo vecino (Wes Bentley) queda reducida a meras pinceladas cuando, en cierto modo, es uno de los conductores del impactante final.

Un punto de vista único

Dicha problemática, si es que puede denominarse así, viene dada por el protagonista, aunque pueda parecer incoherente. La necesidad del guionista por centrarse en la vida del protagonista casi de forma exclusiva (su figura está presente en prácticamente todas las secuencias, ya sea de forma física o no) impide ese desarrollo de los arcos dramáticos. En cierto modo, incluso la historia principal avanza de forma abrupta hacia su desenlace, utilizando los momentos más dramáticos como detonantes de la acción.

No es de extrañar. La definición del personaje de Spacey es, en cierto modo, lo único que evoluciona a lo largo del film. De la amargura a la indiferencia, y de esta a la libertad individual, todas sus emociones centran la atención del espectador de forma tan absorbente que, en realidad, poco importa la profundidad del resto de personajes. Afortunadamente, todos ellos ofrecen un grado de complejidad tal que conforman un microcosmos tan interesante como único. Cabe destacar aquí también la labor de Chris Cooper como el padre del personaje de Bentley, un militar chapado a la antigua que pega a su hijo para endurecerle frente a la vida y que no soporta la homosexualidad, otro de los conceptos que definen a la perfección la doble moral del film.

Pero estos desajustes en el desarrollo dramático, al final, no son sino un problema secundario ante la fuerza de los personajes y la labor de Mendes tras las cámaras, auténtico artífice de esta joya del séptimo arte. En efecto, los personajes y sus encontradas personalidades no hacen sino reflejar una sociedad hipócrita, cínica y acobardada donde, como ya hemos dicho, lo fundamental son las apariencias. Alan Ball desarrolla en su guión una dura crítica contra ese modelo de familia norteamericana acomodada en algún barrio residencial. Todo es fachada; todo se mueve en torno a ese ideal de felicidad que venden las publicidades y que no ahondan en los problemas familiares y morales que surgen de la mala relación entre los individuos.

Si a esto se suma esa elegancia formal a la que antes nos referíamos, esa crítica se acentúa aún más si cabe. Todo es impoluto, de un blanco virginal que da miedo tocar por si desaparece. Incluso un personaje tan atrevido como el de la animadora se revela asustadizo. La estética de los encuadres, de los escenarios y de la iluminación ahondan en el sentimiento de estar ante una doble lectura de la vida en sociedad, ante un mundo que se antoja extraño de lo perfecto que es. Un trabajo que da sus frutos en el desenlace de la historia, seco y sin alardes, que confirma las sospechas del espectador: que esa belleza americana de la que habla el título es tan efímera como la belleza física de un cuerpo joven.

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Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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