‘Skyfall’: Bond encuentra sus lugares más oscuros


Han pasado 50 años, 23 películas (y otras tantas ocasiones en las que ha salvado al mundo) y muchos villanos muertos. Y, de lejos, es en la nueva película en la que James Bond es más James Bond. El personaje interpretado por Daniel Craig (Resistencia) por tercera vez consecutiva se mira en el espejo de las novelas de Ian Fleming para ser más fiel al original literario, dejando a un lado ese carácter dandy y seductor de sus predecesores y explotar su lado más cínico, oscuro y alcohólico. Pero no es el único cambio en este Skyfall que dirige de forma magistral Sam Mendes (Jarhead).

De hecho, lo que más llama la atención de este Bond 23, nombre que tuvo el proyecto durante bastante tiempo, es su falta de pirotecnia y su diálogo directo con el espectador, convirtiendo al personaje en un ser más realista, sin que eso evite ciertos excesos propios de la serie. Por supuesto, existe acción, y con un estilo muy marcado, pero esta no acapara la atención de una historia que, aunque puede parecer sencilla, posee un trasfondo mucho mayor, sobre todo si se tiene en cuenta los cambios que produce en las futuras entregas del agente secreto más famoso del mundo. En este sentido es fundamental la labor de Javier Bardem, villano de la función y un personaje que ya ha entrado en los anales de la saga como uno de los más complicados y siniestros antagonistas del trajeado agente secreto. Su claridad de intenciones, su intencionado amaneramiento y su detallada planificación elevan al personaje casi por encima del resto, de lo que es responsable, en buena medida, el propio actor, que ofrece otro trabajo sublime.

Este nuevo Bond supone, en cierto modo, el final de una etapa. Más allá de la introducción de nuevos personajes y la pérdida de otros, este Skyfall es la última entrega de una trilogía que comenzó con 007: Casino Royale y que narra los inicios del personaje. Con lo ocurrido a lo largo de sus cerca de dos horas y media se retoman los elementos más clásicos de la saga, incluyendo la famosa secretaria con la que Bond tontea sin éxito. Aunque no es el único homenaje que contiene el film. Frases, secuencias e incluso vehículos refuerzan esa sensación de devolver al personaje a un estado original, aunque modificando la interpretación que el espectador tendrá de él a partir de ahora.

Y de eso tiene gran parte de culpa la labor de Mendes. Gracias a ese estilo personal y elegante que imprime a todas sus imágenes, la nueva entrega de James Bond contiene, ya desde el principio, una serie de recursos únicos, hermosos y dramáticos que confieren a la película un estrato de interpretación mayor. Baste como ejemplo la presentación tanto del protagonista como del antagonista, ambos acercándose a cámara, o algunos combates a contraluz en el que lo único que se aprecia son las siluetas. La filmografía del director constata un estilo narrativo preciosista, casi pictórico, y eso aplicado a una saga como esta no hace sino convertir al film en una pieza tan extraña como continuista. Sin duda, una de las mejores entregas de los últimos años a la que pocas cosas se le pueden achacar (la mayoría secundarias) si se tiene en cuenta que estamos ante una película algo atípica en comparación con las anteriores aventuras del agente secreto. Aunque algo sí hay en común con las demás: los títulos de crédito iniciales, una auténtica joya.

Nota: 8/10

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Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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