‘Argo’: la ficción es el alma de la realidad


El tercer trabajo de Ben Affleck (Pánico nuclear) como director deja varias lecturas tras un primer acercamiento a su historia. Por un lado, y salvando las distancias dramáticas necesarias en toda película, es un ejercicio narrativo y didáctico más que interesante, tratando en todo momento de ser lo más objetivo posible en un acontecimiento en el que Estados Unidos tuvo buena parte de responsabilidad al colocar a un dictador sanguinario en un país de Oriente Medio. Por otro, confirma el talento tras las cámaras de un actor cuya carrera, aunque exitosa, nunca ha estado demasiado reconocida desde un punto de vista crítico, lo que no es sino una señal del talento visual que tiene Affleck.

No debería sorprender, pues hay que recordar que tiene un Oscar por el guión de El indomable Will Hunting (1997). Sin embargo, sí que llama la atención el trabajo como director del protagonista de Una chica de Jersey (2004). Sus películas, a pesar de abordar tramas que podrían dar pie a unos efectismos y una grandilocuencia visual mucho mayor, se mantienen siempre, por decirlo de algún modo, en un perfil bajo, en una seriedad y una economía de medios narrativos que resulta algo chocante al comienzo, pero que convence y, sobre todo, cumple con el objetivo de agarrar al espectador a la butaca y obligarle a prestar atención a lo verdaderamente importante: el devenir de una intriga y sus personajes.

Argo, en este sentido, puede que sea la confirmación de un estilo tan personal. Con un comienzo narrado sencillamente único para los tiempos que corren (es gratificante ver a un norteamericano criticar a su propio país por colaborar en los crímenes cometidos contra un pueblo), los primeros compases sitúan las piezas de la partida de espionaje que se desarrolla más adelante, y que aunque interesante es, tal vez, lo menos atractivo del film o, dicho de otro modo, lo más neutro. No es esto sino una estrategia; en el fondo, el director se ahorra la tensión para lo verdaderamente importante, un clímax en el aeropuerto donde casi puede tocarse con los dedos, y donde queda patente el otro gran pilar de la película: los actores.

Porque sí, Affleck demuestra una maestría visual inusitada en su trabajo tras las cámaras, pero lo que el espectador se encuentra delante de ellas es igual de sólido. Comenzando por el propio director, que se mete en la piel del protagonista (y que supone uno de sus mejores trabajos, demostrando que también está madurando como actor), y terminando por los seis diplomáticos a los que debe sacar de Irán, la labor de los intérpretes refleja no solo la tensión y el miedo que se respiraba en la época, sino también el tipo de individuos que se mueven en las altas esferas norteamericanas.

Es, en definitiva, un thriller clásico, una ficción de una realidad que utilizó, precisamente, la ficción para lograr algo que parecía imposible. Ya desde el primer momento atrapa al espectador gracias a su exposición de los hechos, pero el buen pulso narrativo de Affleck logra que la atención no decaiga en los momentos en los que, normalmente, suelen flaquear estas historias. Una muestra más de su talento como director. Tal vez no tenga tiroteos; desde luego, no existen grandes conspiraciones ni rescates espectaculares. Pero tiene alma. Alma de buen thriller.

Nota: 8/10

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Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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