‘Lo imposible’: la desesperación de la soledad


A la hora de abordar una historia real suelen tomarse dos alternativas por otro lado lógicas: inspirarse en los sucesos acontecidos o narrar casi momento a momento lo ocurrido entonces. El segundo suele ser el utilizado en dramas o en conflictos sociales, y los resultados varían en función del grado de emotividad imprimido a los acontecimientos. Dicho estilo es el elegido por Juan Antonio Bayona (El orfanato) para su recreación del tsunami que arrasó la costa de Tailandia en 2004. El resultado es un film notable en todos sus aspectos, aunque no por ello es perfecto.

Porque sí, Lo imposible emociona y sobrecoge. La elegancia visual del director a la hora de mostrar un horror que arrasa con todo superando edificios es fascinante. Bayona evita, sabiamente, caer en lo grotesco para evidenciar la desolación de un entorno destruido, utilizando en su lugar recursos más emotivos como los contraluces, las composiciones visuales o los planos amplios que permiten al espectador situarse en el contexto.

El momento del tsunami, auténtico atractivo visual del film, es impecable, es cierto, precedido de algunos planos mar adentro tan simbólicos como amenazantes. Pero no lo es menos lo vivido en los días posteriores, con hospitales desbordados de heridos, muertos y familiares desesperados por encontrar a sus más allegados, y con el sentimiento desesperante de la soledad sobrevolando en todo momento (algo en lo que se hace hincapié en varias secuencias).

Sin embargo, los momentos que se suponen más emotivos terminan quedando por debajo de las expectativas creadas, y ese es un problema achacable al guión de Sergio G. Sánchez por varios motivos. El principal es la distribución de los bloques dramáticos, que restan tensión dramática al conjunto y dejan ver, tal vez demasiado pronto, las cartas con las que la película va a jugar. A esto cabe sumar un crescendo de los conflictos internos y externos de los protagonistas, casi sin dejar respiro al espectador, que obligan a una resolución en su tramo final casi apoteósica, y que por supuesto no consigue.

Sea como fuere, la sensación de que podría haber sido más intensa en su tratamiento logra quedar en un segundo plano gracias a la planificación y a la labor de los actores, de todos los actores. Desde el joven Tom Holland, que encarna a Lucas, hasta secundarios como Geraldine Chaplin (La mosquitera), los intérpretes consiguen conformar un mosaico de dolor y horror notable. Baste como muestra el momento en que Ewan McGregor rompe a llorar en medio de una reunión tras intentar hablar por teléfono. Al final, Lo imposible se revela como un documento necesario para comprender un poco mejor una catástrofe natural de semejantes dimensiones.

Nota: 7/10

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Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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