‘Torchwood’ mejora su evolución dramática en su segunda temporada


La primera temporada de Torchwood, serie nacida como un spin off de Doctor Who, dejó sensaciones muy variadas. Considerada de culto por miles de fans en todo el mundo, muchas críticas, entre las que se encuentra este blog, consideraban esos primeros 13 capítulos muy irregulares, pudiendo haber ofrecido mucho más de sí. En todos los casos, empero, dejó la sensación de que se iba por buen camino, de que las próximas aventuras del capitán Jack Harkness y su equipo mejorarían. Y lo cierto es que así es. La segunda temporada presenta un mundo fantástico mucho más compacto, más integrado en el aspecto real del conjunto y con un componente dramático más desarrollado y atractivo.

En estos nuevos 13 capítulos la amenaza de la fisura temporal une de un modo u otro todo lo que ocurre alrededor del equipo de contención alienígena. A diferencia de la primera temporada, donde varios capítulos simplemente tenían como misión mostrar la dinámica de trabajo de los protagonistas, ahora los casos, mucho más elaborados en su complejidad, están relacionados con un hilo conductor que debería haber servido ya en los episodios anteriores como detonante de una historia más directa que evitase distracciones algo simplonas (caso de los caníbales).

Puede que Torchwood se tome más en serio en esta segunda temporada; puede también que haya tomado conciencia de serie independiente y no como complemento a Doctor Who (personaje que curiosamente es mencionado más veces en esta nueva temporada). Sea como fuere, lo cierto es que ha crecido en calidad narrativa y dramática, ha mejorado sus efectos digitales y, lo más importante, sus personajes se han vuelto, por así decirlo, más adultos. Prueba de ello es que la protagonista introduzca a su novio y futuro marido en la búsqueda de alienígenas, algo que debería haber ocurrido mucho antes.

Gracias al cada vez mayor protagonismo del personaje interpretado por Kai Owen (serie Rocket Man), la serie entra en un terreno nuevo y atractivo en el que la protagonista debe lidiar con su trabajo y su vida privada por igual, buscando un equilibrio que generará toda clase de problemas. Se evitan así algunas situaciones algo forzadas vistas en la primera temporada, incluyendo un borrado de memoria por unas decisiones erróneas.

Más drama y sexo, mucho sexo

Sin duda, y al igual que ocurrió en los primeros 13 episodios, el punto álgido de esta segunda temporada se alcanza en sus dos últimos capítulos, cuando personajes que han estado presentes de un modo u otro a lo largo de la trama adquieren una relevancia fundamental en el devenir de los acontecimientos. Un protagonismo que conlleva una tensión dramática como nunca antes se había visto en Torchwood, y que cambiará el panorama de la serie para siempre. Esta progresión dramática, claro está, no habría sido posible sin los puntos de inflexión que se dosifican a lo largo de los capítulos.

Puntos de inflexión, por cierto, que no solo están relacionados con la evolución de los personajes, mucho más interesantes ahora que en sus primeras aventuras, sino también con su pasado. Numerosos episodios encierran, ya sea de forma indirecta o mediante flash-backs, acontecimientos del pasado que ayudan a comprender las decisiones a veces difíciles que deben tomar los protagonistas, en especial Harkness. Igualmente, el hecho de que todos y cada uno de los miembros del equipo sea golpeado moralmente una y otra vez obliga a sus creadores a exponer tanto sus debilidades como sus fortalezas, lo que a todas luces no hace sino aumentar su presencia, mejorar la comprensión del espectador y, en última instancia, convertirlos en personas de carne y hueso, en personajes identificables. A esto ayuda, sin duda, la labor de los actores, mucho más serios en su trabajo de lo que estuvieron en un primer momento, sobre todo Eve Myles (A bit of Tom Jones?) y Burn Gorman (Los crímenes de Oxford).

Pero si algo define a esta segunda temporada es la sexualidad de sus personajes. Como se menciona en un momento de la serie, “siempre estáis pensando en el sexo”, y en cierto modo, es así. Cualquier tabú en torno a las relaciones de pareja de cualquier índole queda roto desde un punto de vista verbal y físico. Si ya en la primera temporada se deja entrever la liberación sexual que parecen tener todos los personajes, en esta segunda es algo patente y que influye, de un modo u otro, en las relaciones internas del equipo y en su forma de afrontar los casos. Esto no significa, empero que haya que clasificar la serie como homosexual, heterosexual o bisexual, pues sería encasillarla en un concepto que no se ajusta a la realidad.

La impresión general de esta segunda temporada de Torchwood es la de un producto más elaborado, mucho menos ligero en sus planteamientos de puro entretenimiento y enfocado de forma más directa hacia un objetivo que, es de suponer, se resolverá en las siguientes temporadas. Para aquellos que disfrutaron con los primeros 13 capítulos, los siguientes ofrecen todo un mundo más complejo por descubrir; para los que no, es la ocasión ideal de reconciliarse con la serie.

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Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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