Los riesgos latentes de ‘El increíble hombre menguante’ y de la sociedad


Los años posteriores a la II Guerra Mundial, cuando las tensiones entre las potencias definían las relaciones institucionales, supusieron para el cine una fuente inagotable de inspiración, de relatos y de personajes lo suficientemente interesantes como para ser llevados al cine. Aún hoy sigue ocurriendo, aunque con la sobriedad y la calma que aportan la perspectiva temporal. En concreto, los años 50 del siglo XX permitieron la proliferación de títulos fantásticos y de ciencia ficción que abordaban los problemas de dichas tensiones con la libertad que otorgan las historias de alienígenas y de criaturas mutantes. Es en este marco donde debe situarse y comprenderse El increíble hombre menguante, clásico indiscutible dirigido por Jack Arnold (La mujer y el monstruo) en 1957 y basado en un relato de Richard Matheson, también guionista del film.

Como su propio título indica, la historia gira en torno a un hombre que, tras verse envuelto por una extraña niebla, comienza a experimentar cambios físicos muy extraños, reduciendo su tamaño constantemente hasta ser más pequeño que unas tijeras. Su nueva perspectiva le permitirá ver el mundo de otro modo además de enfrentarse a peligros y desafíos que antes le resultaban poco menos que indiferentes. Sin llegar a desvelar el final del relato, un auténtico alarde de poesía visual, el sentido de la película queda perfectamente definida por el alegato del protagonista, una reflexión sobre la importancia del ser humano en el mundo y, en general, sobre el sentido de la vida.

A pesar de ello, todo el metraje posee una fuerte carga moral acerca del comportamiento humano para con nuestros semejantes y de lo poco que se aprecia el entorno hasta que éste se vuelve hostil. El fenómeno que sufre Scott Carey le lleva primero a aislarse de la sociedad tanto por voluntad propia como por rechazo de los que antes eran sus amigos. Empero, lo más llamativo es la desidia de una esposa que, cuando todo está perdido, parece desentenderse de los problemas que acarrea el cada vez menor tamaño de Carey.

Problemas como, por ejemplo, tener que coger un teléfono casi tan grande como él, no poder sentarse en un sofá por no alcanzar el asiento o, en clave mucho más peligrosa, convertirse en el nuevo juguete de su gato, mascota que ahora se convierte en un depredador gigante. Con todo, el momento más dramático y angustioso se produce en su tramo final, con una araña gigante, unas goteras y un sótano lleno de peligros como principal ingrediente.

El peligro durmiente

Todo esto refleja un sentimiento de peligro constante que se asentó en la sociedad a mediados del siglo pasado. Si Ultimátum a la Tierra (1951) alertaba del peligro de una nueva guerra con las armas nucleares de por medio, El increíble hombre menguante alerta de los peligros mundanos, cotidianos y escondidos, durmientes, en cualquier sociedad. Con un equilibrio extremadamente frágil y varios países devastados por la muerte, el film muestra una sensación de fragilidad como pocas historias logran transmitir.

Fragilidad no tanto en la confianza de la población, sino por el carácter del ser humano y su necesidad de establecer un orden jerárquico donde unos ordenen y manden sobre otros. Orden que, como muestra la película puede ser alterado y puesto a prueba. Los países más desarrollados, que vendrían a estar representados por el protagonista, se mueven tranquilamente sin riesgo a ser atacados, pero la posibilidad de que dicha posición cambie en un mundo que debe reordenarse tras una guerra es muy factible. Existe, por tanto, un peligro latente en el ambiente (una suerte de nube) capaz de volver gigantes los detalles más insignificantes, y convertir en depredadores aquellos elementos que nos hacen compañía.

A pesar de todo, la película de Arnold quedará en la historia por su trabajo de perspectiva y maquetación. Y es que más allá de su contenido social o de un final sencillamente sublime, el relato deja numerosos momentos inolvidables gracias a unos trucajes muy avanzados para su época. Tijeras gigantes, un fósforo que debe ser encendido arrastrándolo por el suelo con dos manos, unos muebles que parecen hechos para gigantes, … Todo ello aporta una credibilidad y una coherencia tales que el espectador queda atrapado.

Con todo, uno de los mayores aciertos es la narrativa empleada en la primera parte, utilizando saltos temporales mediante fundidos y que muestran la evolución menguante del protagonista interpretado por Grant Williams. Saltos que juegan con la perspectiva y con la mente del espectador hasta el punto de tratar de engañar acerca de la posición del personaje respecto al resto de la casa.

Como muchos films de su época, El increíble hombre menguante supone todo un ejercicio de análisis social a través de la libertad que otorga la ciencia ficción. Eso no implica, sin embargo, que el relato en sí no tenga un interés más allá del analítico. Posiblemente sea una de las películas más complejas y mejor realizadas en su apartado técnico, lo que hace más sólido al relato y lo eleva a otra categoría.

Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Diccineario

Cine y palabras

A %d blogueros les gusta esto: