El mayor miedo de Estados Unidos toma forma con ‘Homeland’


Que el 11-S ha marcado a los estadounidenses ha sido algo evidente desde que se produjo el atentado. La política internacional ha estado basada, casi en exclusiva, en detener a los islamistas. Pero el cine y la televisión, sobre todo esta última, han tardado algo más en hacerse eco de las consecuencias devastadoras que tuvo la masacre. Y, como era de esperar, no lo han hecho desde un punto de vista político, sino social. Muchas de las ideas, además, dejan entrever la teoría de que detrás de cualquier atentado en suelo norteamericano hay responsables de las altas esferas del país. La reciente Revenge es una muestra de ello, si bien algo velada por las venganzas, los amores y las traiciones personales. El caso de Homeland, uno de los títulos más importantes del 2012, es bien distinto, y aborda de forma más clara ese concepto del traidor oculto entre la sociedad que amenaza la seguridad del país.

De hecho, posiblemente ponga en imágenes uno de los mayores miedos de Estados Unidos, si no el mayor: la conversión a la causa islamista de un soldado que ha jurado defender la bandera de rayas y estrellas, y las sospechas de la CIA acerca de sus verdaderas intenciones cuando, tras ocho años de cautiverio, regresa a casa de forma casi milagrosa. Intrigas, sospechas e informaciones ocultas que poco a poco van saliendo a la luz son las bazas de este tipo de historias, y la serie protagonizada por Claire Danes (Stardust) y Damian Lewis (Hermanos de sangre) no renuncia a ellas, sino todo lo contrario: las explota de forma excepcional haciendo al espectador partícipe de la paranoia de la espía protagonista.

Es este uno de los pilares más sólidos de todos los episodios. Los guionistas estructuran los diversos arcos narrativos de forma harto sutil, controlando en todo momento lo que quieren mostrar para generar una idea falsa o dar pistas sobre la evolución de cada uno de los personajes. Un juego, en definitiva, en el que el espectador entra con la intención de resolverlo antes de verlo en pantalla, pero que nunca llega a conseguirlo por la cantidad de ases escondidos en las mangas de los creadores. Junto a esto, los continuos saltos temporales entre presente y pasado, en lugar de aclarar algunos acontecimientos, generan nuevos giros argumentales tan coherentes como inesperados.

Hemos mencionado antes la paranoia que acosa constantemente al personaje de Danes. Más allá de que la actriz se muestra un tanto sobreactuada en algunos momentos, forzada en buena medida por un personaje extremo al más puro estilo Sarah Lund en Forbrydelsen, la impotencia de ver cómo sus teorías, que comienzan con buen pie, son desbaratadas una vez tras otra, provoca que el espectador realice sus propias elucubraciones sobre posibles villanos infiltrados en las filas de los buenos de la función. Una consecuencia lógica de un trama tan bien armada que encuentra el corazón en una idea imprevisible aunque sencilla vista a posteriori.

Futuros atentados

Estos primeros 12 episodios enfocan constantemente hacia una dirección: un atentado focalizado en una persona aunque con múltiples víctimas y con la venganza personal como sustrato. La resolución de los diversos arcos argumentales, que confluyen en un único escenario dramático, es empero uno de los momentos más perturbadores de la serie, y que abre la puerta a casi tantos interrogantes como los que se plantearon en el espléndido piloto de esta primera temporada.

Era de esperar que el atentado al que se hace referencia durante la trama no se produzca finalmente. Y, curiosamente, no es por motivos ideológicos (aunque existe un pequeño resquicio de que la conversión del soldado no fuera del todo satisfactoria), sino por la familia, ese pilar fundamental de la sociedad norteamericana que en esta ocasión evoluciona desde la ruptura y el desasosiego hasta la unión férrea y el mensaje de que lo más importante es la unidad de este núcleo social. Así y todo, es precisamente este elemento el que provoca una evolución de los acontecimientos más peligrosa si cabe, dejando la puerta abierta a un tipo de terrorismo ideológico con el que no se especulaba desde la lucha contra el comunismo.

Puede que Homeland no cuente con una labor interpretativa de alto nivel (aunque sí hay momentos de auténtico deleite), pero la magnífica definición de personajes, cada uno con la grandeza que otorgan las miserias personales, integrada en una trama con giros argumentales sólidos y bien repartidos, convierten a esta trama de espionaje y terrorismo en uno de los mejores programas de la parrilla televisiva.

Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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