‘La pesca de salmón en Yemen’: remontando un río artificial


Ver a un jeque árabe, con sus atuendos blancos e impolutos, introducirse en un río y coger una caña de pescar para atrapar a un salmón es una imagen que no se ve normalmente. En cierto modo, la obra del director Lasse Hallström es así: sus películas ofrecen casi siempre un aspecto fuera de lo común, al menos sus films más celebrados. Este es el caso de La pesca de salmón en Yemen, romántica historia con peces, ingeniería y vidas artificiales de por medio. Y como también es norma implícita en sus relatos, el contenido de la historia es más bien sencillo, previsible incluso, pero queda engrandecido por esa originalidad formal y narrativa.

El marcado carácter cómico del relato queda patente desde su comienzo, con una representante (Emily Blunt) de un jeque de Yemen (Amr Waked) escribiendo un surrealista aunque serio correo a un doctor especializado en peces (Ewan McGregor), y proponiéndole utilizar sus conocimientos para crear un río en el país árabe donde practicar la pesca deportiva del salmón. Y aunque él se lo tome a risa, una serie de acontecimientos que nada tienen que ver con su trabajo le obligan a aceptarlo. Unos acontecimientos, por cierto, que son la verdadera carne del conjunto, en los que se puede apreciar no solo la mano maestra del director de Chocolat, sino la sutileza de un guión adaptado de la novela de Paul Torday.

No en vano, mientras esta especie de cuento de hadas transcurre ante los ojos del espectador, la guerra en Afaganistán, los intereses políticos y el hastío de una convivencia convertida en prisión se introducen poco a poco hasta generar todo un mundo que termina por resultar casi más interesante que la propia historia, en parte porque provocan buena parte de los acontecimientos, en parte porque al arco argumental protagonista se puede prever con cierta antelación.

Al buen resultado contribuye, y de qué manera, un reparto que supera muchas de las expectativas, destacando la labor de McGregor (Amelia) como un hombre ahogado por una vida anodina en la que la relación con su mujer es de todo menos sana. Con una frialdad que define en extremo a los ingleses, sus vidas se vuelcan en el trabajo; la de ella, por pasión, pero la de él es casi por necesidad y consuelo a un matrimonio coartado por una rectitud científica que resulta tan cómica como trágica. Resulta irónico pensar que, mientras el protagonista desarrolla el macroproyecto, la falsedad de su vida marital deja paso a una existencia más plena y feliz.

En este sentido, tanto McGregor como Blunt (La reina Victoria) componen personajes similares. Ambos se encuentran solos, aunque por motivos diferentes, y es precisamente la oportunidad de crear algo artificial lo que provoca un sentimiento real. Algo a lo que contribuye, por cierto, la constante discusión entre ciencia y fe, entre el doctor amante de los peces y el jeque árabe que quiere crear el río, entre otras cosas, en honor a su dios.

Pero si hay un elemento que destaca sobre los demás es el personaje de Kristin Scott Thomas (Misión: Imposible). Los pocos minutos que aparece en pantalla son suficientes para componer un personaje único, tan extravagante como los demás pero mucho más cómico y ridículo. Su desprecio hacia el resto de personajes, a los que manipula para sus propios fines, queda más que evidente en las originales conversaciones con su jefe, el Primer Ministro inglés, todas ellas a través de mensajería. Todo un acierto de Hallström, quien demuestra una vez manejar la comedia y el romance con una originalidad inusitada en el género. Que la historia sea más o menos conocida termina por quedar en un segundo plano.

Nota: 6,5/10

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Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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