‘Moneyball: rompiendo las reglas’: héroe americano


La fuerza de voluntad ante las adversidades ha sido uno de los temas predilectos de Hollywood. La forma en que un hombre o un grupo sin nada que perder pero con pocas posibilidades de ganar se enfrentaba a la adversidad y salía victorioso ha sido aplaudido por la audiencia norteamericana casi con cada film realizado sobre el tema. Uno de ellos fue premiado incluso con un Oscar. Tal vez sea por eso que la nueva película protagonizada por Brad Pitt ha llegado tan lejos en la carrera hacia la dorada estatuilla. Pero también habrá tenido algo que ver el alto nivel que muestran todos los elementos.

Nada desentona en Moneyball. Cada secuencia, cada decisión de los personajes, está pensada para sacar del espectador una sonrisa y una complicidad hacia unos personajes con los que logra identificarse. Algo complicado fuera de las fronteras estadounidenses dado que el béisbol no es muy conocido. Y a ello contribuyen, claro está, unos actores espléndidos. Todos. Desde Brad Pitt, que consigue lo que cualquier profesional ansía -lograr que nos olvidemos del actor para ver al personaje (y sin necesidad de maquillaje especial)- hasta Philip Seymour Hoffman, todo un lujo para un papel secundario. La sorpresa la aporta Jonah Hill, actor especializado en comedias como Superfumados que logra quitarse el sambenito y pisar con firmeza el género dramático.

La historia está dirigida con mano sabia por Bennett Miller, quien ya demostró el estilo sobrio y algo frío estéticamente hablando en Truman Capote. En este sentido, y a pesar de los momentos entrañables que surgen entre algunos de los personajes,  la gama cromática y la dureza de la iluminación impiden que el espectador alcance la esperanza de un final feliz, aunque nunca la pierde. Gracias a un buen guión escrito por Aaron Sorkin y Steve Zaillian, y a pesar de algunos momentos finales centrados en el deporte en cuestión, los personajes se vuelven universales, esperanzados con llegar a buen puerto a través de un sistema innovador, y eso es lo que termina por crear una identificación.

El gran problema de la historia, y aquello por lo que no llega a ser redonda, es un epílogo excesivamente largo que explica los hechos tras el final deportivo de la historia. Un final que puede oler a derrota pero que, al igual que la cinta de Sylvester Stallone, sabe a victoria. Ese alargado final, unido a una sensación de dejà vu, empañan un relato por otro lado muy completo con una moraleja final muy propia de la filosofía norteamericana de superación en la que lo importante no es la victoria final, sino la grandeza del camino y lo que nos aporta al llegar al destino.

Nota: 7/10

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Acerca de Miguel Ángel Hernáez
Periodista y realizador de cine y televisión.

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