‘Lawrence de Arabia’, el tratamiento intimista de un espectáculo visual


Medio siglo ha pasado ya, pero su fuerza se mantiene igual que en el momento de su estreno, y sigue siendo una de las ficciones cinematográficas que mejor muestra la revuelta árabe de principios del siglo XX contra el imperio Otomano, así como la participación occidental en su desarrollo. Lawrence de Arabia es, sin lugar a dudas, uno de los clásicos inmortales del séptimo arte. Pero decir eso es decir poco… o nada. En realidad, este film del maestro David Lean (Doctor Zhivago) es un reflejo de la complejidad de una época, de las relaciones humanas y diplomáticas y, sobre todo, de una figura tan polémica como la del personaje protagonista, Thomas Edward Lawrence.

Una personalidad que el guionista, Robert Bolt (habitual a partir de entonces de las películas de Lean), aborda de una forma elegante, ajustada a la moral de la época en la que se produce, y dejando entrever todos y cada uno de los aspectos más sombríos de una historia deslumbrante. En realidad, es más que probable que esta historia, en la actualidad, hubiera contenido momentos mucho más explícitos de lo que se muestra en el film. Sea como fuere, es esa sutileza o, si se prefiere, ese intento por ocultar su lado más negativo, la que da lugar a los actores a conformar unos personajes sublimes que se mueven por intereses personales y sociales encontrados.

Con todo, lo que más suele recordarse de Lawrence de Arabia es su belleza formal y visual. Con la primera nos referimos a la composición de los planos y al diseño de producción y vestuario, una tarea titánica que llevó al equipo técnico a recrear grandes salones, las moradas árabes del desierto y grandes movimientos de masas que, por suerte o por desgracia, no podían contar con los modernos efectos digitales de la era contemporánea, lo que supone quebraderos de cabeza mucho más allá de tener que mover a miles de personas y animales (el polvo que levanta el movimiento, la arena del desierto, las armas, …). Pero aunque todo eso es digno de admirar, lo que realmente deja sin aliento es el manejo que hace David Lean del formato panorámico, algo en lo que demostró ser uno de los más hábiles directores de la época, si no el mejor.

Gracias a sus movimientos de cámara y sus encuadres, el director de La hija de Ryan (1970) ofrece al espectador un espectáculo visual inigualable. Pocas veces un paraje tan inhóspito y monótono como puede ser un desierto ha lucido de forma tan espectacular. Frente a él, la grandiosidad de la trama y de los acontecimientos históricos que en ella acontecen parecen quedar, como mucho, encuadrados en un marco natural mucho más absorbente. Hubiera sido sencillo que el film terminase por desviar su rumbo en pos de la espectacularidad y la acción con estos elementos, pero nada más lejos de la realidad. Y eso no hace sino confirmar al director como uno de los iconos de la historia cinematográfica.

Lean, director en todos los sentidos

No son pocas las películas que caen en esta trampa. Sí, es cierto que suele ser por un guión que no está a la altura de las circunstancias. Pero aún teniendo un libreto que aborde de forma seria su historia, más allá de la espectacularidad y belleza visual del entorno en el que se enmarca, hay directores que terminan convirtiéndose en meros realizadores sin control sobre la otra pieza clave de su obra: los actores. Sobre todo si estos son estrellas, como es el caso de Lawrence de Arabia. Cierto es que el egocentrismo que existe en el cine en la actualidad no existía (o al menos no estaba tan desbocado) en la época dorada de Hollywood, pero eso no quita para que lidiar con importantes actores en un entorno tan complicado como es un desierto y con materiales tan pesados como las cámaras panorámicas de la época no fuera una tarea ardua.

Tal vez no sea la labor más evidente del trabajo como director, pero sin duda es la que sostiene el interés de la historia. Comenzando por un Peter O’Toole (El último emperador) capaz de reflejar en un solo plano de su rostro emociones tan dispares como el temor, la desconfianza o la complicidad, el reparto que integra el film es uno de los mejores que se pueden ver en una gran pantalla, en la línea de otras grandes superproducciones de esos años en las que actores de renombre encarnaban a personajes que, ya sobre el papel, eran mucho más que un mero vehículo para las secuencias de acción.

En efecto, O’Toole lleva el peso de la narración. Protagonista indiscutible, su capacidad para abordar todos los estados, físicos y de ánimo, por los que pasa T. E. Lawrence le convierte no solo en uno de esos actores indiscutibles, sino que engrandece a su personaje y lo dibuja de forma mucho más compleja de lo que podría esperarse. Pero no es el único nombre que destaca del amplio reparto. La labor de Anthony Quinn (Barrabás) y Omar Sharif (El guerrero nº 13) en sus respectivos papeles aporta numerosos matices a unos personajes que muy bien podrían haber caído en el estereotipo. Algo similar a lo que hacen el resto de actores, entre los que destacan Alec Guinness (La guerra de las galaxias), Jack Hawkins (Ben-Hur) o Claude Rains (Caballero sin espada).

Y es que en una historia donde se reflejan las diferencias entre las culturas occidental y árabe es fácil cometer el error de mostrar ambos pueblos de forma genérica, sin atender a los detalles o los elementos más personales de cada uno. En eso, afortunadamente, Lawrence de Arabia no se equivoca. Ni en eso ni en la mayoría de sus decisiones, narrativas y visuales. No hay que equivocarse. La película impacta por su magnificencia visual, por su uso del formato panorámico y algunos recursos narrativos sencillamente sublimes. Pero si mantiene su estatus año tras año, década tras década, es por su tratamiento intimista de un conflicto mucho más amplio.

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